UNA MAÑANA DE SÁBADO EN LA ROCHELLE

Category: Miscelánea, Música, Post, Sociedad

Me llegó hace unos días un hermoso paquete, todavía facturado con sellos. Buen presagio.
Era una edición de La Tosca de Puccini en vinilo, grabado en el Teatro alla Scala de Milán, con María (todavía Meneghini) Callas y Giuseppe Di Stefano como principales roles.
Viene de La Rochelle, y por supuesto, huele a mar.

Muchos sabéis de mi afición a la compra-venta de objetos de segunda mano, más buscando cosas raras que grandes chollos. Pero es que además, en parte, lo que más me gusta de este tipo de compras es la historia que podría encerrar el ítem en cuestión.
Y si no, mirad este disco del que os estoy hablando.

Es una edición del año 1955, y según lo sujetaba en mis manos, empecé a pensar quién habría sido su dueño.
Tenía toda la pinta de formar parte de una partida de objetos de una casa que se acababa de vaciar, así que su último poseedor no era en quién estaba pensando…

Mi mente se fue hacia ese otro señor, digamos que de nombre Jean-Louis, que un buen día se acercó a su tienda de discos habitual  –donde por lo general iba cada semana a ojear las novedades que habían llegado a la ciudad–, y en aquella mañana soleada de sábado, Marcel, el dueño de la tienda, le enseñó esta cuidada edición, y él no pudo resistirse a comprarla de inmediato.

Camino de casa, con el pan bajo el brazo, y llevando en una bolsa su flamante nueva adquisición, sólo pensaba en llegar, prepararse el almuerzo con una buena copa de Pernod, para degustarlo tranquilamente sentado en su cómodo sillón, mientras escuchaba la voz de La Divina en su reluciente tocadiscos Thorens, recién llegado del país del tiempo y de las piezas de precisión.

Tras almorzar, se limpiaría las manos para no manchar el libreto con el cual seguir el Vissi d’arte que estaba deseoso de oír en voz de su prima donna preferida.

Ese era su rato preferido de la semana. Para él significaba un par de horas de tranquilidad en las cuales disfrutaba de su placer favorito, la música.
Además, en ese preciso momento, se trasladaba –en un ejercicio de imaginación como el que estoy haciendo yo ahora mismo– a 1953.
Y lo hacía, ni más ni menos, que al Teatro alla Scala, para vivir en primera persona aquella majestuosa representación.
En ese momento, el salón de su casa de La Rochelle era la platea del templo milanés.
Nada podría perturbar ese idílico momento. Y en realidad nada lo hizo…

Y por estas cosas, entre otras, me gusta tanto adquirir objetos antiguos. Cada uno de ellos tiene una historia, que no por simple, deja de ser increíble. Sobre todo, porque es mi imaginación la que le da cuerpo y alma, moldeándola así a mi gusto.

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

P.D.: este relato lo he escrito con una Smith-Corona, bautizada desde el mismo momento en que la vi, como Electra (bueno, diremos que yo en el mismo momento que la vi, pensé en otro nombre, pero siguiendo la acertada sugerencia de mi querida Pecosa, la rebauticé).

 

*transcripción exacta de este texto:

manana-1
manana-2

(Visto 56 veces)

Comparte este post

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *