SALTAR LA TAPIA


Mi vida social actual se reduce a pasear por las mañanas, como cualquier persona que no tiene nada mejor que hacer.
No hay cosas más interesantes a mi alrededor en mis ratos de asueto. Como mucho algún escarceo al banco o la farmacia. Para que os hagáis una idea, la visita del cartero es el momento más inquietante del día.

Así que, como los fotógrafos que afinan el ojo disparando con carrete –sabedores que no pueden desperdiciar disparos sinfín–, he afinado mi percepción de lo que sucede a mi alrededor durante estas salidas, buscando cosas sobre las que escribir.

 

Al pasar por la calle Maldonado, en un nuevo recorrido de sábado improvisado para hoy, he vuelto a ver muchos de los sitios de mi juventud.
O mejor dicho, los vacíos de los sitios de mi juventud, dado que ni el Ailanto, ni el grandísimo «Jose» están ya allí. He sentido el frío del olvido, pero al mismo tiempo el calor del recuerdo.

Pero lo que sí sigue es aquella tapia del Sanjo que durante muchos años (muy buenos, por cierto), marcó los límites de mi vida estudiantil.
Aquella que fijó la linea entre ser responsable o ser un forajido. La que, como me acaba de recordar mi amiga Silvia, era responsabilidad del único e irrepetible Eusebio. El cual era capaz de pegarte un bocinazo si te veía haciendo algo indebido, para acto seguido darte amablemente –todo lo «amablemente» que podía–, uno de sus preciados Ducados, si se lo pedías con cara de pena.

Y he pensado en la de veces que se presentó la disyuntiva de saltar aquella tapia.
Algunas veces para entrar. Pero muchas más para salir, dado que siempre hemos sido proclives a escaparnos, antes que a confinarnos (aunque la actualidad se empeñe en demostrar lo contrario).

Saltarla, además, como prueba irrefutable de que ya no eras un niño.
Porque aquel era uno de los mayores símbolos del paso a la adolescencia. Al igual que lo era tu primer bocata de tortilla comprado en alguno de los bares de alrededor (en el Sanjo al principio, y en el José cuando eras un poco más mayor). El primer cigarrillo a medias fumado en los baños, aquellos que teníamos el vicio de lo prohibido por bandera. O el primer beso –o el primer tortazo por intentarlo– a la chica de al lado que te robó el corazón.
«Cosas veredes, amigo, Sancho»

Seguro que muchos de los que vais a pasar por este texto sentiréis lo mismo al verla, ya sea esta misma o la vuestra propia. Porque vosotros, al igual que yo, también tuvisteis alguna frontera que marcó el paso a una nueva vida.

 

Hablando de la vida, y de sus casualidades, saltar de nuevo una tapia fue otro de los grandes retos que se me presentaron.
Y es que aquel era uno de los muros –y nunca mejor dicho– que había que romper en aquella urbanización de la sierra madrileña en la que pasé mi infancia. La tapia que separaba nuestra controlada convivencia entre españoles de clase media en los años 80, del más allá que suponía para un niño el bosque que detrás de ella había. Y en el que los mayores contaban que se encontraba un lúgubre cabaña en la que había grilletes, quien sabe de qué época…

Salté la tapia, pero nunca me atreví a adentrarme en el bosque buscando aquella choza.
Así que tampoco podéis esperar que ahora, tras pisar la calle, haga cosas mucho más intrépidas que visitar a mi farmacéutica de confianza.

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

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