REGADO DE VINO Y LICOR

Era una situación que no le pillaba por sorpresa, todo hay que decirlo. Es más, casi nunca hay aviso previo a la consecución de un hecho. La vida decreta que tiene que ser así, y así tiene que ser.
Y en parte es mejor.
Es como quitarse el esparadrapo de un tirón. Es preferible un dolor agudo e intenso –pero rápido– que una lenta agonía aunque sea a poquitos.

Pero ¿Por qué siempre se empeñaría en coger el camino difícil? ¿No se había dado cuenta todavía que Holden y Sally no acaban nunca juntos por más veces que leyera de nuevo la novela?
“Habrá que volver a empezar”, pensaba. “Pero esta vez voy a hacer las cosas bien. Sin complicaciones, ni titánicas batallas que luego no llevan a nada”.

Ay, inocente de él. “Tropezador profesional contra la misma piedra” ponía en esa tarjeta de visita que siempre quería modificar, pero que nunca lo hacía. Quizá por desidia, quizá porque reflejaba claramente la verdad, y a él le habían enseñado a no mentir.
Era su optimismo, acumulado por arrobas en su interior, el que le hacía ser insensible ante el desaliento. Siempre fue un defensor de que lo importante es participar.
Pero esta vez se le veía en la cara que no iba a ser tan fácil emprender de nuevo el camino.

Era el momento de hacer una aparición estelar.
Bien está arrimar el hombro, repartir abrazos, ayudar en lo que haga falta –sin llegar a ser condescendiente-. Pero, además de todo esto, los amigos estamos para llamar a la puerta. De sorpresa, con una sonrisa canalla, y ofrecer el desahogo que dan los planes distendidos, sin más objetivo que el de pasar el tiempo charlando, riendo y recordando.
Contando una y mil veces la misma historia mientras se oye sin parar “Otra ronda, por favor”.

Así todo sonará mejor, se verá mejor, parecerá mejor. Dejando que los vapores del alcohol hagan su trabajo al igual que la clorofila. Aunque en este caso, en vez de transformar luz en energía, cambiaremos estados de ánimo.

Mañana será otro día. Las cosas parecerán de otra manera. A veces mejores, y a veces peores. Eso no depende de una fórmula matemática. Así que el resultado nunca será el mismo, y siempre habrá una variable indeterminada imposible de predecir o controlar que le hará variar.
Pero siempre, por mucho tiempo que pase, al hablar de aquel momento diremos:
“Y todo ello regado de vino y licor”.

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

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