NO METER LOS LEVI’S EN LA NEVERA


Hay tormenta de verano y me he venido a escribir a la terraza para disfrutar del olor a tierra mojada y del sonido de la lluvia.

Disculpad un momento. Ahora vuelvo…

Ya estoy.
¡Vaya fraude eso de escribir durante un chaparrón!

Sí, la imagen muy bucólica, pero desde luego poco práctica.
Con tanto agua azotándome la cara por culpa del vendaval, me he visto más cerca de ser el Capitán Ahab buscando a Moby Dick que Bécquer cuando escribió aquello de las golondrinas y los balcones. Saben, ¿verdad?
Ahora, ya en interior –y con Bill Evans sonando de fondo–, mucho mejor. ¡Dónde va a parar!

Si es que debería tener meridianamente claro ya que a mí no me sale lo del postureo.
Y es así desde aquella vez en que quise ser como el hombre del anuncio de Levi’s que metía sus pantalones en la nevera para que estuviesen fríos –y le ayudasen así a combatir las adversas condiciones térmicas del desierto–, y lo único que conseguí fue tener unos pantalones calados, porque justo aquel día la nevera se estaba descongelando.

Soy una persona que tiene que regirse por las normas básicas del ser humano. Si me salgo de ellas, la lío. Nacer, crecer, reproducirse y morir. Y lo de “crecer, reproducirse”, lo primero a medias, y lo segundo lo estoy aplazando sine die.
Todo ello, además, desarrollado de manera simple. Nada de florituras ni adornos. Digamos que tengo que vivir como si fuese un estante LACK.

Menos mal que tuve la suerte que durante gran parte de los años de mis andanzas juveniles las redes sociales no existían –bueno, sí, pero antes se llamaban “quedar a tomar algo el domingo para comentar la jugada”, y su radio de influencia no salía de tu círculo de amigos–.
Por lo tanto no tuve que intentar mostrar mi postureo de marca blanca, y dejar patente, semana tras semana, que no me había llamado Dios por los mundos del influencer de revista en busca de la imagen que representase el sino de mi generación.
Eso, además, ya lo había hecho Nirvana componiendo Smells like teen spirit.

Llegados a este punto del relato, me gustaría puntualizar una cosa para dejar claro que ningún ser humano (en este caso yo) ha sufrido como consecuencia de los sucesos aquí contados.
A pesar de todo, y tomando irse de bares como medida de vida social activa, la primera vez que pisé uno tenía 14 años. Lo “he dejado” a los 44.  Por lo tanto me lo he pasado pipa 30 años.
Si funcionase como el mecanismo cinético de un reloj, podría seguir en marcha aunque estuviese años y años quieto.

Además, como ya os he dicho últimamente en repetidas ocasiones, ahora mismo estoy muy bien sin moverme mucho.
Quiero pensar que soy uno de esos que fueron a Casablanca “a tomar las aguas” durante la II Guerra Mundial, y se quedaron allí sin fecha de salida –cambiando Marruecos por Valladolid, y Casablanca por la zona delimitada entre el Campo Grande, Bailén y El Farolito–.

Escuchar buena música, ver clásicos del Hollywood dorado y un whisky con hielo de vez en cuando, es toda mi actividad lúdica en la actualidad.

Todo lo que sea salirse de ese guión, a día de hoy, corre el grave peligro de conseguir el mismo éxito que aquellos 501 sacados de la nevera. O sea, ninguno.

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

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