NO ESTOY SOLO, Y POR FIN LO SÉ

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Pocas cosas hay más satisfactorias que encontrar gente excéntrica como uno mismo, cuando crees que estás solo en el mundo.

No os penséis que hablo de filias raras, no. Ni de cosas escabrosas, que tampoco. No me ha dado por ahí.
Hoy, tras muchos años de incomprensión, he descubierto a muchos como yo. Somos legión, y nos estamos extendiendo.
¡¡¡¡Larga vida a los que amamos el ruido del secador!!!!

De todos es sabido que soy un tipo peculiar, que en ocasiones hace cosas que se salen de lo habitual.
Una de las más antiguas es la que me trae hoy aquí a este mi rincón de esparcimiento y regocijo, y no es otra que la sensación de paz, tranquilidad y relax que me produce el sonido del secador.

Hace ya muchos años, cuando vivía en la Casa Mantilla (sí, ya sé que en cuanto puedo la menciono, pero me llena de satisfacción que fuese la casa de mi familia, y haber podido disfrutar de ella todo lo que pude), dentro de aquel espacioso cuarto de baño decimonónico en el que había una bañera olímpica, y sitio de sobra para una silla y un sillón de mimbre, había también un secador de pelo de casco de esos que se usan en las peluquerías.
Me encantaba, cuando era pequeño, secarme allí el pelo mientras leía una novela –y decir “me encantaba”, puede que se quede corto–.
Era un rato de evasión total. Nada me molestaba una vez introducida, mi no pequeña cabeza, en el casco. El sonido monótono, continuo –para mí relajante– del motor, era el mejor elixir para conseguirla. Disfrutaba así de una buscada soledad.

Con el tiempo descubrí que esa evasión me podría valer también para concentrarme a la hora de estudiar, así que trasladé mi centro de operaciones académicas a aquel cuarto cuyo arquitecto jamás pensó que se usaría para tal menester, tan alejado de su primigenia, y clara, función.
Dieces como panes sacaba examen tras examen!! Y ahí está mi expediente académico para certificarlo.

Pero un día, la hecatombe. Ya nada volvió a ser igual. Mi secador con superpoderes se estropeó. No pudo seguir mi ritmo… ¿Qué iba a hacer yo ahora?
Intenté usar un secador de mano, pero aquello no era lo mismo. Mi concentración no era comparable a la que conseguía con aquella maravillosa máquina pensada para secar las melenas de las mujeres. Mi rendimiento entró en barrena… Usé múltiples técnicas de concentración que jamás funcionaron como lo hacía mi maravilloso casco naranja y blanco de superhéroe.

Al igual que el pueblo de Israel vagó 40 años por el desierto, yo estuve casi el mismo tiempo vagando por mi vida hasta que una medida extrema me vino a la mente. ¿Por qué no grabar el sonido del secador, y escucharlo en bucle a través de los auriculares?
No fue exactamente igual, pero aquello funcionó. Casi volví a ser el mismo!!
(eso sí, ni un 10 más volvió a pasar por mi vida, pero quién lo necesita en este país que premia a los mediocres y condena a los sobresalientes).

Durante años sólo conté estas historias en mis círculos más íntimos, por miedo a ser señalado por la calle como “El loco del secador naranja”. Temía que me retirasen el derecho a “entrar en los mejores clubs, en los mejores camerinos… y en las mejores chicas”, que diría Ford Fairlane. Y así fue hasta que ayer leí en una revista generalista, de esas que aportan veracidad a las cosas –lo mismo o más que si hubiese salido en Callejeros– que hay gente como yo. Gente que usa el secador porque les relaja y les permite escabullirse del mundo estresante que les rodea. Que hasta incluso usan su ruido para dormir a sus hijos. ¡¡A sus hijos!! Gente que graba vídeos de Youtube de 20 horas con su sonido (véase aquí).
Ya no tengo miedo a decirlo en alto. ESTOY COMO UNA REGADERA!!

Besos para ellas y abrazos para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

P.D.: ¿ves mamá como no era tan raro? Simplemente no leíste las revistas adecuadas en aquel momento. Te quiero!!

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