ME HE COMPRADO “LA CABAÑA”


Le voy pillando el punto al desconfinamiento. Creo que a primeros de octubre ya estaré preparado para salir.

Esto que suena a auténtica exageración se está tornando en realidad. Si “hombre precavido vale por dos”, yo ahora mismo soy 18 personas.

 No diré que no quiera ver ese mundo exterior que me espera con los brazos abiertos. Lo que no quiero es ver a todos esos que todavía no han captado el mensaje de lo que se puede y no se puede hacer. Y que son precisamente los que abren los brazos para atraparme en ellos.
Así que mientras sus decisiones puedan influir en el devenir de mi vida, y no haya solución al problema, estoy bien como estoy. Gracias.

Además, gracias a mi adaptación al medio, como ya dije aquí, empiezo a ser uno con mi entorno. Estoy a un visionado más de El Imperio Contraataca de ser capaz de mover objetos con el poder de La Fuerza.
He sido capaz, tras los primeros meses de estrés laboral, de empezar a disfrutar del tiempo libre que me deja no tener que preocuparme de ver las noticias (¿Para qué?) ni poner el Osasuna-Eibar de fondo, por aquello de ver el fútbol si o sí. El tiempo libre que me regala el no hacer planes que muchas veces no quiero hacer, pero que el formulismo social casi me impone que haga.

He aprovechado estos días menos estresantes para aprender a montar un “programa” de radio. A mejorar poco a poco mi más que defectuosa pronunciación. A saber de micrófonos, mesas de mezclas y utensilios varios. Ahora no me da miedo hablarle a un micro de manera más o menos coherente, lo cual puede que me lleve, por fin, a poder realizar un podcast de verdad. Con sus temas, sus invitados y sus colaboradores.

También me ha dado tiempo, no os creáis, a disfrutar de cosas de lo más insustanciales, como puede ser el haberme enganchado, cual adolescente, a Gossip Girl. Lo puse un día para ver NYC después de haberla visitado en persona, y me vi un capítulo, y otro, y otro… Y la verdad es que fuera de las tramas absurdas, y de ver Nueva York muy bien, me está valiendo para darme cuenta de por qué muchas veces la gente es como es. Curiosas reflexiones me están surgiendo de ver a los mocitos del Upper East Side.

Pero si hay algo que me está encantando, es que me estoy volviendo un lector avieso (ahora que leo, sé que esta palabra, aunque suene parecida, está mal usada. La correcta es ávido).

Ya leía mucho todos los días, aunque siempre enmarcado en periódicos, blogs o enciclopedias. Pero desde hace unas semanas, también lo hago en libros. Además sin filtro, dado que soy capaz de leerme desde un manual de podcasting, hasta poesía. Pasando por biografías, ficción o guías de viajes.

No leer era algo que me daba mucha rabia –tanto o más que no disfrutar de la ingesta de espárragos, dado que parece ser que son un manjar exquisito, pero que a mí ni fu ni fa–. Y me daba rabia, entre otras cosas, porque cuando me ponía a hacerlo me encantaba. Pero siempre era de forma puntual, y no lo convertía en costumbre.
Veremos si de ésta avanzo ya al siguiente nivel, y empiezo a doblar las esquinas de las páginas en las que hay cosas que me gustan, y hago anotaciones en los márgenes.

Así que como veréis, no es que tenga el síndrome de “la cabaña”. ¡Es que me he comprado la propia cabaña!

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

P.D.: por el camino, llevo 90 días sin fumar. Y tras bajar mi ingesta de whisky, llevo más de dos semanas directamente sin probar ni una gota. Aunque bueno, creo que esto ya es pasarse.

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