LA PRIMERA Y ELLA


 

La brisa de La Primera Playa hacía que los mechones de su pelo que se habían escapado de la férrea disciplina del lazo negro que marcaba el comienzo de una espléndida cola de caballo, bailasen al ritmo marcado por el viento del Cantábrico.
Un baile que a mí me tenía completamente obnubilado. Casi hechizado. Diría que de haberlo mirado más de cerca, con la misma intensidad con la que ya lo estaba haciendo, habría caído hipnotizado. Aunque bien pensado, ¿no lo estaba ya?
Y es que ella me gustaba tanto que no podía siquiera pensar en dejar de mirarla ni un instante durante el resto de mis días.

 

Se giró al presentir que la estaba observando, y me dedicó esa sonrisa que tanto me gustaba, al tiempo que decía “Anda, deja de mirarme así, bobo”.
A ver cómo le explicaba, sin parecer un loco, que contemplaba todo mi mundo reflejado en ella. Veía en su perfil mis ganas de quererla hasta que doliese.
Ese momento, con ella allí frente al mar que tanto quería, iba a quedar grabado en mi memoria. En esa parte etiquetada como “Para no olvidar” –que dirían Calamaro y sus Rodríguez– a la cual volvemos cuando sentimos frío en días de calor.

 

Aunque ese amor, como tantas otras cosas en mi vida, pasó. Se desvaneció sin apenas darme cuenta.
Pero es que hay momentos que no tienen porque durar más por obligación, convirtiéndose así en rutinas incómodas.
Sí, el adiós dolió. Fue un dolor agudo y punzante como el provocado por un hierro candente. Pero de los que por ser así cauterizan rápido, convirtiéndose con el tiempo en una cicatriz de las que gusta de vez en cuando acariciar, para recordar lo que en su momento tan bonito fue.

 

Besos para ellas, y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

 

P.D.: la preciosa lámina que encabeza este texto, y que me ha servido de inspiración, es obra de mi amiga Berta. Os diré que ésta en concreto ya tiene dueño, que soy yo. Pero si queréis alguno parecido, no tenéis más que hablar con ella. Es una artista!!!

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