FORJANDO LEYENDAS


Qué difícil es escribir de manera afable en estos tiempos ásperos. Es complicado buscar el lado gracioso de las cosas cuando nada de lo que te rodea lo es. Buscas resquicios de paz por cualquier parte, pero sólo encuentras desasosiego.

 

¿Qué hago entonces para no caer en la locura y la desesperación?
Remover mi cerebro como si fuese un cajón de sastre, para ver si allí, entre ecuaciones diferenciales, ríos y cordilleras de España, o código html, aparece algún recuerdo aletargado que dé forma a una historia que me haga sonreír.

A pesar de lo que odio el verano, siempre que hago este ejercicio de introspección, aparecen momentos que sucedieron durante la estación estival.

Me viene a la mente, por ejemplo, esos viajes que emprendíamos hacía Laredo –uno de los sacrosantos lugares vacacionales para los castellanos–. En ese momento de tu vida en el que ya te empezabas a sentir un hombre en plena madurez, cuando en realidad no eras más que un adolescente en avanzadilla.

Viajes realizados a lomos de aquellos Supercincos o Clíos que se encargaban de mover por España a los hijos de los padres que lo hicieron en un Renault 18 o un Seat 131 Supermirafiori. Y cuyo objetivo no era otro que buscar aventuras que nos formasen como personas.

Aventuras que no sucedían en restaurantes con estrella, ni en barcos veleros, sino en bares y tascas con nombre propio (Pepe, Manolo, Serafín). A los que se llegaba después de una buena caminata que te servía para abrir el apetito.
Aventuras cuyos planes se componían de sesiones interminables de playa con “ronda de reconocimiento” incluida –lo que ahora llaman, en una clara muestra de la degeneración del lenguaje, “putivuelta”–. Y por supuesto escarceos nocturnos con regresos a casa memorables.

Porque a esos viajes se iba con las feromonas por las nubes. Y donde todos, mal que bien, tenían algo que ofrecer al sexo opuesto –y apuesto–.
El pavo siempre subido y las mejores galas luciendo en todo su esplendor. Para intentar hacer bueno el mito de Don Juan, que para algo es una figura clásica española.

Y todo esto aunque luego uno pudiese acabar la noche con los mismos amigos con los que la empezó. Jugando al futbolín durante cinco horas seguidas, sin que nadie  fuese capaz de echarte de él tras derrota.
Y es que conquistar el futbolín de un bar de pueblo, era otra forma de forjar leyendas. Más perdurables incluso que las conquistas de verano, que se acababan convirtiendo en un nombre sin cara. Y a veces, ni eso.

Mucho se habla de aquellos lejanos años 60 ó 70 en los que los viajes duraban 7 ú 8 horas. Que se hacían en coches pequeños repletos de personas y maletas, con banda sonora a base de cassettes. Pero es que esto que acabo de narrar sucedió hasta hace no tanto. Y parece que ya hemos olvidado que sin echar mucho la vista atrás todavía se puede ver esa época en la que no era obligatorio tener un superdeportivo antes de cumplir los 25, ni veranear en resorts de lujo.

Y oye, aquí seguimos la gran parte de nosotros, sin traumas ni lastres pesados sobre nuestras espaldas. Dispuestos a vivir la vida lo mejor que podamos con lo que nos toque.
Que si es mucho, estupendo. Pero si no es tanto, ya nos las apañaremos. Porque al fin y al cabo, por 1 euro, hasta puedes estar cinco horas jugando al futbolín.

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

(Visto 124 veces)

Comparte este post

Comments (2)

  • Paloma Reply

    Sublime, como era de esperar… ❤️

    13/08/2020 at 11:15 pm
    • Paty Varela Reply

      Gracias, Palo!!
      Qué buenos recuerdos, eh!!

      14/08/2020 at 8:03 am

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *