DESCONFINANDO Y COLONIZANDO

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Haciendo ejercicio de mi derecho como persona física situada entre los 14 y los 70 años, el viernes, por primera vez desde que me confiné (cosa que hice de motu propio unos días antes de que se hiciese oficial, por precaución dado que había estado en Madrid unos días antes), he salido a dar un paseo.

Tampoco me fui hasta Despeñaperros, no. Una vueltecilla corta de unos 45 minutos. Suficiente para ir desentumiendo las piernas tras la inactividad, y para respirar un poco de aire fresco a través de mascarilla.

Permitidme un inciso. Me he dado cuenta que por algún extraño motivo, estaba parcialmente preparado para las nuevas condiciones sociales que han imperado durante los últimos dos meses. Y me explico:
A pesar de tener fama de correbares, mi vida diaria transcurre al 95% entre mi casa y la oficina, que tengo en el portal de al lado. Así que la calle la piso poco.
El sol, como podéis comprobar por el color cetrino habitual de mi piel, de lejos y con mucha precaución. Por lo que no verlo a diario, no ha supuesto ningún trauma extremo.
El ejercicio, desde hace mucho tiempo, lo hago desde casa –cuando lo hago–. Mi pasillo fue el primer tartán indoor en piso, y la bici estática hace ya muchos años que estaba amortizada (puede que la única de España).
Soy una persona con muchas inquietudes, así que aburrirme, cero. CERO. No he tenido ni un momento en el que no haya tenido nada que hacer. Y si hubiese habido un atisbo de ello ya estaba el trabajo para suplir esos posibles huecos (lo reconozco, he sido un privilegiado en ese sentido. Y doy gracias a Dios por ello).
Por lo tanto, mi vida “normal” ha cambiado poco.

Volvamos al “momio”.
Aprovechando el paseo, y las fechas en las que estamos, he decidido visitar el que sería mi punto de encuentro oficial en época estival –en horario de mañana–, si las circunstancias fuesen las normales, La Pérgola.
La paz habitual del lugar se ve ahora aumentada por la falta de estímulos acústicos externos, más allá de los propios. Los pavos reales, dueños del lugar, se saben hora más observados que nunca. Y despliegan, al paso de los humanos que allí acudimos como meros invitados, su cola de espiga multicolor para decir “Aquí estoy yo, y éste es mi territorio. Si quieres pasar, muestra pleitesía”.
He dado unas cuantas vueltas por allí, como si fuese la primera vez que iba. Me gusta ver lo bonito del lugar. Pero más me gusta darme cuenta, gracia a las múltiples fotos que estos días veo que decoran las redes sociales de mis conciudadanos, que parece que muchos de ellos han descubierto la maravilla que teníamos en casa, y que no apreciábamos.

Y es que como he dicho en más de una ocasión, somos muy dados –probablemente yo el primero– a alabar lo ajeno, sin haber prestado atención a lo propio.
Hemos presumido de conocer mundo, sin siquiera saber que existe la Fuente de la Fama (y mucho menos saber llegar a ella). Hemos querido conocer los ánades y ardillas de Central Park, sin haber visto primero los que habitan en el Estanque y sus alrededores. Los paseos y terrazas veraniegas de otros lugares, han adornado nuestros muros, sin tener en cuenta que no hacía falta irse muy lejos para poder disfrutar de unos iguales o mejores que aquellos.

Pero como nunca es tarde, y haciendo caso a las “recomendaciones” de consumir producto local, espero que durante esta época de estío que ya llama con contundencia a la puerta, seamos capaces de aprovechar nuestra materia prima –que la hay–, y hacer promoción de nuestro patrimonio.
Los vallisoletanos somos buenos conquistadores de tierras ajenas, pero malos embajadores de la propia. Revertamos esto y presumamos mientras podamos.

Larga vida al Campo Grande. Larga vida a Valladolid.

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.
(tras muchos días diciendo esto en directo, de viva voz, qué raro se me ha hecho volverlo a escribir)

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