DE PASEO


Recién duchado, con la barba arreglada y las mejores esencias perfumando mi cuerpo, he salido a la calle para recibir a la mañana del sábado.
A esa hora que no es ni demasiado temprana como para considerarme un teatino, ni demasiado tardía como para sentirme culpable por no aprovechar bien el día.

 

Paseo entre un número justo de personas, las cuales, además no sé muy bien por qué, son más cívicas que las del resto del día, y van a un ritmo y orden casi marcial. Esto me provoca tranquilidad y sosiego, lo cual nunca viene mal en tiempos revueltos.

Me acerco al quiosco a por la prensa, pero recuerdo que mis diarios de cabecera han cambiado tanto su linea editorial que ya no apetece comprarlos en papel para leerlos a conciencia y con calma. Con un vistazo por sus portadas digitales me vale. Si por lo menos hubiese sido martes habría comprado El Norte para leer la columna del Señor Peláez. Pero no he tenido esa suerte.

Visito la administración de lotería de la calle Santiago. Aquella que durante tantos años nos recordó que había dado el mayor premio de la historia de España durante las Navidades del año 84.
Tras seis semanas consecutivas enlazando el premio suficiente para poder seguir jugando sin gastar un euro más, el lotero ya se ha quedado con mi cara, y me indica la suerte que tengo. Le digo que sí, aunque sin comentarle que lo pensaría igual aunque no me me hubiese tocado la humilde Primitiva que juego.

Me gusta ir allí porque dado que salgo por la puerta lateral que da a las Francesas, prolongo mi paseo por dentro.
Durante los años que mi madre estuvo al frente de Amarras, aquel fue mi patio de recreo. Demasiadas horas intentando ser un Jedi o un Paperboy en las recreativas como para no querer sentir un escalofrío de placer por la espalda cada vez que paso por lo que fue la entrada de La Pera.

Sólo queda ir al por el pan, dando un paseo, para convertirme en un españolito de clase media.
Doy rodeo, callejeo, reduzco al cadencia del paso como si perteneciese al cuerpo de Regulares. Miro en todas direcciones cual turista, porque siempre se descubren cosas nuevas si no llevas la mirada apuntando hacía el infierno.

La única premisa que tengo durante el quehacer sabatino aleatorio es encarar, en un momento u otro, la Plaza Zorrilla desde el Paseo Zorrilla.
Sí, dejo a mis espaldas la Academia de Caballería, pero a cambio gano una visión panorámica de la Casa Mantilla (a la que todavía se le puede ver, si entornas un poco los ojos y la imaginación, los carteles de Philips e Iberia) . Sobra decir lo que siento cuando la veo.

Y tras esta ruta de aventurero urbanita llego a casa satisfecho y feliz. Feliz, sobre todo, al comprobar que con poco me siento muy bien.

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

P.D.: hoy, además, doblemente feliz porque en casa me esperaba, para ser escuchado con ilusión y ganas, el nuevo disco del señor Springsteen.

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Comments (2)

  • Verónica Varela Villegas Reply

    Qué bien redactas Primo, qué barbaridad, cómo me gusta leerte !!!!

    25/10/2020 at 6:27 am
    • Paty Varela Reply

      Qué cosas más bonitas me dices siempre, Primity!!
      Van a pensar que te tengo en nómina.
      Un besazo!!

      25/10/2020 at 10:30 am

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