AQUELLOS VERANOS DE LOS ’90


 

Muchas veces he hablado de mis veranos “distintos” en los que poco pisaba una playa, y nada una piscina.
Aquellos en los que mi mayor entretenimiento consistía en absorber cultura popular en forma de series, películas o discos. Días en los que veía la TV hasta altas horas, y que remataba con programas de radio conducidos por genios incomprendidos.
A mi epidermis no le llegaba la vitamina C procedente del sol, no. Pero a mi córnea y a mi tímpano sí les llegaban multitud de estímulos en forma de nota musical, verso o imagen,
Lucir moreno en septiembre, poco. Pero arrasar en el Trivial… Cuestión de preferencias, ya sabéis.

Veranos en los que recuerdo que conocí Cicely, de madrugada y en La2, en aquellas primeras noches de vacaciones –que empezaban con partidas de cartas con mi hermano, jugadas encima de un arcón militar descubierto como un tesoro en una abandonada solana, y que terminaban oyendo, muy de madrugada, al genio incomprendido de Pumares en Polvo de Estrellas–.

Años en los que comprar discos de manera compulsiva se presumía ya como una de las máximas de mi vida, los cuales reproducía en un estupendo Vieta que todavía sigue funcionando. Discos que iban desde Los Romeos a Los Ronaldos. Desde Springsteen a la banda sonora de Good Morning Vietnam. Madonna, Gun, La Frontera… No había veto a casi nada en mi colección (casi igual que ahora).

De las pobladas estanterías de mi casa rescaté algunos libros cuyos lomos siempre me habían llamado la atención, pero que hasta esos años no les habían quitado el puesto a Los Cinco o Los Tres Investigadores.  El Ocho, El Padrino, Chacal… Ninguno de ellos obras maestras, pero sí de lo más amenos a la hora de matar tiempos muertos en tardes calurosas de estío.
Aun recuerdo el momento en que leí que ya no había que preocuparse más de buscar a Luca Brasi. Ahora descansaba con los peces.

Llamadme loco, pero fue una época en la que prefería quedarme solo en casa, con mis hermanos mayores (o sea, solo en casa) que irme con mis padres a Comillas.
Era un mes de libertad, con menú de pasta y arroz. Un mes en el que podía hacer lo que más me gustaba sin tener que rendir cuentas a nadie. Y teniendo en cuenta que sólo había una televisión y un equipo de música en la mayoría de las casas, eso era algo a tener muy en cuenta.

Parece mentira, pero no me aburría en ningún momento.
Gracias, en parte, a que nunca ha primado en mi ideario tener que salir de la ciudad en la que paso el resto del año para tener sensación de vacaciones. Si me iba fuera, estupendo. Si no, igual de estupendo.
Mi sentido de la conformidad y la adaptación al medio me han sido muy útiles en muchos casos durante mi vida.

 

Y como de aquellos polvos vienen estos lodos, este verano tan atípico que nos está tocando vivir, no se me está haciendo tan raro. Simplemente le he quitado 30 años a mi DNI, y he actualizado un poco alguno de los usos y costumbres antiguos.

A Pumares lo he cambiado por cuatro Cowboys de medianoche (que debería ser un programa de obligada escucha para todo aquel que quiera aprender qué es la vida, y de qué se compone).
Los discos siguen llegando, pero ahora para un oído más fino que los escucha en un Thorens, empeñado en saber mucho más de jazz que de productos de radio formula pensados para gentes que, aunque de mi mismo idioma, son de otras latitudes más tropicales.
Ya no quiero ser Keanu Reeves en Le llaman Bodhi. Me vale ser el Keanu Reeves de La casa del Lago, por ejemplo, pero sin extraños viajes en el tiempo.

Así que, mis queridos amigos, si su verano se cierne oscuro sobre sus cabezas, no desesperen. Hay muchas cosas que se pueden hacer al amparo de un ventilador, y con las persianas a medio bajar.
Es cuestión de actitud.

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

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