AQUEL VERANO DEL 92

Fue el verano de las Olimpiadas.
Fue el verano de la Expo.
Fue el verano que murió Camarón.
Pero sobre todo fue el verano en el que el colegio decidió llevarnos a mis amigos y a mí, con 17 años, a Sevilla. No sabían lo que hacían…

Estábamos en plena revolución. La nuestra, por supuesto, que para hablar de las otras más serias ya están los politólogos, que junto con los Dj’s y los coachers, conforman el 90% del tejido empresarial de este país. ¿Me hago coacher?.
Era esa revolución que implicaba ser un rebelde –con Castellanos y camisa Oxford, eso sí–, pasar de todo, y pensar sólo en chicas y en disfrutar como si no hubiese un mañana.

En el colegio nos ofrecieron irnos unos días a Sevilla, una vez terminado el curso, con motivo de la Expo que allí se celebraba ese año.
Era una oportunidad que no se podía dejar pasar, entre otras cosas porque en esas fechas tocaba en el Benito Villamarín Guns and Roses –que probablemente haya sido el último dinosaurio que parió la música–, y había que verles sí o sí, que para eso eran nuestros venerados dioses terrenales.

Recuerdo que el día antes, y no sé muy bien el porqué, había fiesta en el Pichón.
Yo creo que como por aquel entonces todavía no se celebraba el Mundialito, así que las fiestas se hacían sin más. Al fin y al cabo, teniendo una discoteca y una piscina, ¿qué hay más interesante que hacer una fiesta de noche, y tener la oportunidad de acabarla, de forma clandestina, con un baño al amanecer?

No tengo muchos recuerdos del viaje de ida, la verdad. Seguro que porque tras la fiesta de la noche anterior, estuvimos todos más sobaos que los sobaos pasiegos. Así que me situaré ya en el desembarco en la capital andaluza, no me digáis dónde exactamente, pero me imagino que en algún colegio que los Jesuitas tuviesen allí, cerca del Sánchez Pizjúan.

Tras la pertinente elección de catre para desparramarnos por la noche, y una duchita rápida para quitarnos el calor andaluz al que no estamos acostumbrados por la meseta, primeros consejos:

–No lleguéis tarde. No lleguéis borrachos. Y sobre todo, ni se os ocurra acercaros al barrio de Triana ni al de Santa Cruz. –Casi aciertan…

Si la cabra tira al monte, un adolescente tira hacia dónde le digan que no lo haga. Y si a esto le sumas que llegamos con más ganas de fiesta que las que hay en Feria, pues eso, nuestros pies nos llevaron, sin tener ni idea de dónde estábamos, directitos a Triana.
Tres cosas descubrimos en el primer bar en el que entramos:
1.- Los cachis de cerveza allí se llaman macetas.
2.- El fino sirve para algo más que para cocinar.
3.- «Vallisoletana» suena estupendamente en la tierra de las seguidillas.
Además pude descubrir que la mujer, así en general, no sé si será morena como la pintó Julio Romero de Torres, pero desde luego la sevillana, no. Es rubia.

Por supuesto, el toque de queda nos lo saltamos igual que la verja que había para entrar en el colegio, y que a esas horas ya estaba más que cerrada. A esa edad, por salir, hubiésemos sido capaces de saltar el muro de Berlín en plena Guerra Fría, así que esa barrerita no consiguió persuadirnos lo más mínimo.

La bronca del día siguiente, con los respectivos castigos y reprimendas, creo que nos importaron más bien poco. Habíamos conquistado Sevilla con 17 años, amigos, y eso nos lo iba a quitar nadie.

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

 

P. D.: ah sí, la Expo muy bonita y tal… Pero esa ya es otra historia.

 

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