APRENDER DE LOS QUE SABEN

 

Ayer fue Domingo de Pascua y eso significa dos cosas: que Nuestro Señor Jesucristo ha resucitado, y que un año más, y van ya 37, he cumplido con mis obligaciones como cofrade (en la medida de lo posible).
Todo ha salido bien. Es más, diré que todo ha salido perfecto.

 

Y aquí es donde quería llegar.
Porque sí, año tras año, durante la Semana de Pasión me acerco a la Iglesia Penintencial de Nuestra Señora de Las Angustias, cojo mi hachón, me coloco donde me corresponde, y hago procesión de penitencia durante el tiempo estimado. Luego guardo mi hábito, me voy a casa, y hasta el año que viene (incumpliendo así, todo hay que decirlo, alguna que otra de mis obligaciones antes mencionadas).
¿Y durante el año? Digo yo que alguien se encargará de preparar todo para que cuando gente como yo llegamos a la Iglesia Penitencial las cosas salgan como deben, ¿no?

 

Reconozco –y por anticipado pido perdón– que durante algunos años rebeldes me molestaba el orden y la jerarquía a la que era sometido (producto de la inconsciencia adolescente, sin duda). Pero con el paso de los años comprendí que justamente por aquel orden y aquella jerarquía las cosas salían siempre bien. Y que si me decían que hiciese una cosa, simplemente tenía que hacerla sin pedir explicaciones, porque para algo ellos sabían mucho más que yo sobre el funcionamiento interno de la cofradía.

He agitado el incensario para perfumar las calles de Valladolid de ese característico olor propio de estas fechas; he portado estandarte; he ayudado a llevar cruces; durante los años que mis rodillas me dejaron fui un orgulloso costalero del Cristo de los Carboneros… Pero sobre todo he sido hermano de luz –desde aquellos tiempos pretéritos con hachones de aluminio que funcionaban a pilas, hasta los magníficos actuales de madera que «no saben lo que es tocar el suelo de Valladolid»– en todos y cada uno de los tramos, de todas y cada una de las procesiones, a las que he sido llamado. Y siempre ha habido alguien a mí que me ha explicado lo que tenía que hacer en cada momento para que todo transcurriese de manera correcta.

 

En estos tiempos en los que la búsqueda de las libertades del individuo están a la orden del día, reconozco que no tengo ningún problema en acatar órdenes de quien sabe darlas, sin por ello sentirme menospreciado, inferior o con mi autoestima menoscabada. Porque para empezar soy claro defensor de la meritocracia, y si alguien ha demostrado que hace las cosas mejor que yo, no tengo inconveniente en aceptarlo y asumir su mando.

Así que desde éste, mi pequeño púlpito, doy las gracias a los alcaldes (antiguo y moderno), secretarios, depositarios, camareros y camareras, comisarios y todos los diputados de la Junta de Hacienda (de los cuales, muchos de ellos, además de compañeros ya son amigos), porque sin ellos nada de esto sería posible, y La Señora de Valladolid no podría salir a sus calles año tras año para recibir el calor de sus fervientes y emocionadas gentes.

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis

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Comments

  • 30/04/2019

    Rober

    Una gran reflexión amigo

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