ALGO MÁS QUE UNA ICÓNICA IMAGEN

«Érase una vez una doncella que vivía en una grandiosa mansión situada en la costa norte de Long Island, a unos 50Km. de Nueva York. Dicha Mansión era inmensa y estaba atendida por infinidad de servidores.»
(Sabrina, Billy Wilder)

Si cambiamos «una doncella» por «un joven», «grandiosa mansión» por «la Casa Mantilla», e «infinidad de servidores» por «mi querida tata, Agustina», que ha criado dos generaciones de mi familia –y casi tres–, puedo adaptar el inicio de Sabrina a mí, y por ende, a este post.

Y todo porque voy a hablar de Audrey Hepburn, pero no para decir que era, y es, un icono de la moda, paradigma de la elegancia y embajadora de las buenas maneras (además de haberlo sido de Unicef), que sería lo más fácil, no.
Así que empecemos el relato, a ver hasta dónde nos lleva.

Pues bien, en aquella casa Mantilla, en concreto en el número 2, 3º izquierda de la Acera de Recoletos, se veía mucho cine. Pero mucho mucho. Y por supuesto, entre todo ese cine estaban las películas de Audrey Hepburn, que desde muy joven veía cuando las emitían por TV, o más tarde «a la carta», cuando la tecnología nos permitió conservarlas en formatos físicos reproducibles.

El primer recuerdo que tengo de la señorita Hepburn fue viendo su fulgurante debut en «Vacaciones en Roma«. Y justamente en ese momento, y es lo que aquí quiero contar, su influencia en mí pasó a ser más que la que dan los estereotipos de ella de los que al principio he hablado.
Y así descubrí la increíble ciudad que es Roma, el encanto de sus gentes, la belleza de sus rincones, y por supuesto La boca de la Verdad (por desgracia, simplemente a través de la pantalla, pero bueno, ésta es la forma barata de conocer mundo).

Poco después llegó «Desayuno con diamantes«, de la que, no os voy a engañar, poco me enteré de lo que realmente contaba –pero tened en cuenta que yo tendría unos 8-10 años–. Aunque de una cosa me empecé a percatar, existía una ciudad que se llamaba Nueva York, y que llamaba poderosamente la atención en mí, sin saber muy bien por qué.
Sigo sin saberlo, pero da igual, la atracción ahora es igual o mayor.

Con «Sabrina«, lo primero que aprendí fue a cascar huevos con una mano, y que un suflé se quema cuando se está enamorado, y que no sube cuando se es desgraciado; lo cual puede parecer una bobada, pero no veáis lo que ayuda a la hora de cocinar.
Aunque si me quedo con algo de esa película, fue con esa canción que le cantaba a Linus Larrabee volviendo a casa, y que no era otra que «La vie en rose» de Édith Piaf. Hasta recuerdo que me las apañé para conectar el vídeo al equipo de música, y así poder extraer el audio de esa escena. Cuando algo me da fuerte, me da hasta sus últimas consecuencias.

Entonces fueron llegando «Una cara con ángel«, «My fair lady» o «Como robar un millón y…«, entre otras, hasta que di con «Dos en la carretera«, ya siendo considerablemente más mayor.
Y aquí sí que usaré aquello de «icono de la moda, paradigma de la elegancia y embajadora de las buenas maneras», además de bellísima, porque me enamoré locamente de ella, no lo voy a negar, no. Pero ¿quién en su sano juicio no lo hubiese hecho?.
Me enamoré perdida y tontamente de ella, como sólo se enamoran los amantes de las novelas. Y además con la desventaja de que siempre sería un amor inalcanzable, por motivos obvios.
Mis paredes se llenaron de retratos suyos, mis carpetas contenían siempre alguna foto de ella –al lado de aquellas súper modelos que no le llegaban ni a la suela de los zapatos–, y pasó a ser uno de los iconos de mi vida, por no decir «el icono».

Y así hasta el día de hoy, en el que a través de un disco de Henry Mancini, mi amiga Monti me ha recordado «Moonriver». Y una cosa ha llevado a otra, hasta justamente escribir esto (Monti, ya sabes, ella usaría Mint&Rose).
Por lo tanto, Audrey Hepburn que estás en los cielos, gracias por tantas enseñanzas, que de una manera u otra, han pasado a formar parte de mí.

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

P.D.: aunque menos, en las paredes de mi dormitorio, aún sigue habiendo recuerdos de ella.

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